Allá en lo más alto, acumulando pátinas de polvo en el desván de mi memoria, inspirados entre vapores de naftalina, hoy insisten en salir a morder la luz. Son mis relatos.
Litros de hambre
El grifo abierto hasta desgastarnos. Nos bebimos hasta la última gota de nosotros. Litros de hambre de ti. Fin.
Adiós, Adiós.
Desde que murió Victoria, Juan siguió llamando a su móvil cada día. A la misma hora. Con la vaga esperanza de que le contestaría. Al de 25 tonos siempre colgaba. Y así pasaron los años. Y los días. Y los segundos se encogían. Se convirtió en un hábito. Tenía preparado todo lo que le quería decir y no le había dicho en vida. Se lamentaba profundamente de no haberlo hecho nunca. De no decirle que la quería. De no decirle cuánto la echaba de menos cada vez que se iba de viaje. Un buen día Victoria cogió la llamada. No supo qué decirle.
El hombre que vivía en un botijo
El hombre que vivía en un botijo decidió convertirse en agua. Para salir de aquel botijo. Para salir de la mujer de agua. Cortaron su cordón umbilical de agua. El botijo volvió a ser una botella.
Página 111
Ahora el libro para a charlar con su autor. Como de costumbre. Se encuentra en la página 111. Siempre se esperan en la misma página. A partir de ahí el libro es puro diálogo de tinta.
De piedra
La piedra tropezó en su cara carrera con aquel pie. Le pidió perdón. El caminate se quedó de piedra.
Econdido debajo del mar
Esperando a que el sol pasara nadando. Se agarro el pez de los rayos de oro. Se agarro con fuerza a la mano de una sirena. Parece ser que murió ahogado. Era el hombre que moriría si veía un sólo rayo de sol.
Viviendo la vida de otro
Se miraron pero sus ojos no se encontraron. Se besaron con bocas diferentes. Sorbieron el instante con una sonrisa triste. Respiraron sincronizádamente pero lo hicieron con el aire de otras personas. Inspiraron en los sueños de esas personas que amaban en la sombra. Se agarraron las manos. Pero realmente se aferraban a esa vida que no estaban viviendo.
Niño de cara hueca
Pasaron 36 años y el niño seguía siendo niño. Las agujas no se movían. No eran capaces de doblar la esquina del tiempo. El niño de cara hueca se dio cuenta. Era capaz de detener el tiempo. Se dio cuenta en el momento exacto en el que aquel té nunca dejó de estar caliente.
Nos besamos como nunca.
Corrimos el uno hacia el otro desbocados. Sin llevar las riendas de nuestras vidas. Nos miramos de forma escrutadora. Nos asomamos hasta el fondo del alma. Nos besamos sabiendo que aquello no era un reencuentro. Nos besamos sabiendo que era una despedida. Fin.
¿Ahora a quién voy a querer?
Tan fuerte eran mis sentimientos. Tanto te quería que de abrazarte te partiste en dos. ¿Ahora a quién voy a querer?
mañana de espinos
Esta mañana he encontrado mi voz tirada en el suelo. La levante de la misma del susto.
Dedos sonámbulos.
Me miré en tus ojos. Me asome hasta su fondo. Te palpe la cara con mis manos sonámbulas. No vi nada.
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De aquel accidente, del choque entre la mañana y la noche, surgió un nuevo día y la luna murió de repente. La ciudad se tiño de la sangre anaranjada. Y el cielo comenzó a llorar. El aliento de la tormenta se cernía sobre nosotros. Oscuro. Tenso. las notas de lluvía descubrían su apesadumbrada melodía. Era el camino sin fin. Hoy empezaba todo. Hoy sería el último día de aquel verano.
A la orilla de tus labios
Se refrescan estos versos antes de morir al tomar aire. Al saltar por el trampolín de tu lengua tibia a esa realidad donde nada existe. Nada salvo la imaginación. Nada salvo nuestras hectáreas de sueños. Sigamos adelante. Sellemos esta historia con un beso.
Huérfana de azules
La hoja blanca esperaba. huérfana de azules. Lloraba su soledad. Arriba escucharon su cascada de lamentos. De repente se cubrió de palabras. La hoja blanca desguazo su alma. Esgrimió un hervor. Trabó amistad con sus 157 nuevos amigos. La sabia nueva de la tinta azul le dio nueva vida. Una nueva página se había escrito en su corta micro historia.
Madre
Todo muere y muere de buen grado. Queda sólo la eterna madre, nuestro origen. Sus dedos juguetones escribe, en el aire, nuestro nombre. Fugaz.
Apretando gotas de agua
La sala de cristal se inundó de una risa huérfana. El pez se sintió rodeado. Millones de gotas de agua encerraron su libertad. Sólo su mente podía aletear de impaciencia hacia ese paraje. Solo sus aletas podrían apretar ese millón de gotas de agua.
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Esta semana te cuento
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- "Splassshf " Quim Monzó
- "Fábulas de la oveja negra" Augusto Monterroso